En los pueblos que vivían en la forma ancestral, no existían dogma ni fe ciega.. Tampoco idolatría. Menos aún, ocultamiento del conocimiento con fines de control social y beneficio económico.
        Más bien, un profundo conocimiento de la armonía universal.
Había sacerdotes en el sentido de ser guías del equilibrio espiritual y material de sus pueblos. Eran científicos, astrofísicos que leían el cielo estrellado. Perceptivos zahoríes, encontraban puquios, manantiales de agua subterránea. Arquitectos integrales, diseñaban zonas de producción agrícola y ganadera, con su correspondiente abastecimiento de agua por canalización. Ingenieros precisos, analizaban la composición de los suelos y determinaban su estabilidad, exposición a movimientos telúricos y otros fenómenos.
        El conocimiento se difundía a todo el pueblo. Si hoy vamos al campo, nos leerán el mensaje de las estrellas y nos dirán cómo será el año agrícola.
Energía y materia son inseparables. Juntas, interactúan y nos dan la vida tal como la conocemos. Al crecer nuestro corazón y mente conociendo las fuerzas que guían la vida en el cosmos, podemos escuchar y leer la sabiduría de la naturaleza.
        El brillo de las estrellas, el canto de las aves, la forma en que caen las hojas de coca, el sonido del viento, nos cuentan pasado, presente y futuro, mostrándonos el camino.
        A cada acción, corresponde una reacción de igual magnitud ...en sentido opuesto. Un concepto andino tan antiguo, que se resume en una sola palabra. Kutichi, todo regresa. Tratamos a nuestros padres, Wiracocha y Pachamama, con cariño y respeto. Les hacemos fiestas propiciatorias. Entonces recibimos energías benéficas y fertilidad. Si cultivamos a Pachamama respetando la ley natural, sin envenenarla, ella nos dará cosechas buenas y sanas.
        Entre nosotros, runas, gente, pervive intacto el origen de las actuales religiones. Es el conocimiento y sobre todo, sentimiento, de la naturaleza real del cosmos y sus leyes inmutables, fundamento de la hermandad universal.
Nadie nace en pecado original, sino con la bendición de origen.


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