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Los
grandes sabios escudriñaron el enigma de la lengua
universal que la Biblia refiere. Se remitieron al hebreo,
protocelta, sánscrito, chino, escandinavo y no
lograron determinar el origen, por falta de algunos
elementos en su perspectiva indomediterránea,
si bien hallaron formas y raíces comunes a todas
las lenguas naturales.
En la comunicación,
sólo importa cómo suenan las palabras.
No la escritura, ya que convertimos mentalmente la lectura
a sonidos conocidos. La oralidad va cambiando el sonido
de las palabras, mas la estructura permanece.
Sin embargo, hay
palabras que permanecen invariables durante milenios:
los topónimos. Viejos nombres de lugares en todo
el mundo mantienen su sonido primigenio, para evitar
confusión.
Con un mapa del
mundo, un poquito de kechua y otro de aymara, pudimos
darnos cuenta: el idioma más empleado y extendido
para denominar lugares en todo el planeta, es el Kechua
o Runasimi, el viejo Aru.
Podríamos
deducir que es el idioma universal que iluminó
a los apóstoles y les permitió expresarse
en multidud de lenguas. Aquel idioma roto en Babel para
confundir a la humanidad ensoberbecida, empleado por
Adán para poner nombre a todo sobre la Madre
Tierra.
El Kechua es el
Padre de las Lenguas, no por guerra o conquista, sino
por origen único y hermandad primigenia.
Los antiguos nombres
de lugares en el orbe entero adquieren su significado
olvidado, al traducirlos a partir del Kechua. Cada topónimo
es una descripción exacta del lugar. Lengua natural,
lengua de la hermandad y el equilibrio entre sociedad
y naturaleza.
Les invitamos a
un viaje por el mundo.
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